Fotografiar mientras escalas: el reto y la recompensa
Fitz Roy, Patagonia, 2024
Tomar fotos de montañas mientras las escalas es una experiencia completamente diferente. Por lo general, la fotografía de paisajes se hace con calma: acampando, esperando el momento perfecto, el cielo ideal. Y no me malinterpretes, eso también me encanta. Pero hacerlo mientras estás en movimiento, camino a la cumbre, tiene otro sentido… otras sensaciones.
Desde el inicio sabes que tienes que estar preparado: no solo para subir, sino para tener todo listo cuando se presenten esos pequeños momentos en los que vale la pena tomar una foto. No hay mucho margen de error. El ritmo no se puede perder, no solo por ti, sino por respeto al grupo. Cada segundo cuenta.
Lo ideal es llevar un equipo ligero, práctico. Armar un kit que te dé un buen rango de visión o, si quieres probar algo distinto, plantearte retos: usar solo un 50mm, un 16mm, o el siempre útil 24mm. La idea es dejar que la experiencia te lleve, jugar con lo que tienes y adaptarte al entorno.
Además, aprender a identificar los momentos clave durante la subida es parte del proceso. No todo el camino ofrece buenas composiciones, pero cuando los elementos se alinean —la luz, el ángulo, la textura del terreno o las nubes moviéndose sobre los picos— hay que estar listo. Eso implica conocer tu equipo, anticiparte al entorno y aprender a fotografiar casi por instinto, sin detener la marcha más de lo necesario.
Y algo que no se dice mucho: este tipo de fotografía también te cambia la forma de mirar. Empiezas a ver detalles que antes pasabas por alto. Te vuelves más consciente del entorno, del ritmo del viento, de cómo cambia la luz en minutos. Es como si cada toma fuera una excusa para estar más presente, más conectado con la montaña, contigo mismo y con el instante.
Caminar, observar, disparar. Todo a la vez. No es fácil, pero cuando logras capturar una buena imagen en esas condiciones, la sensación es única. Es como llegar a la cumbre por partida doble: con los pies y con la mirada.